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Un taller de apoyo psicológico y empoderamiento emocional para mujeres desplazadas organizado en el campo de Al-Israa – oeste de Gaza

En uno de los entornos humanitarios más duros y complejos de la Franja de Gaza, en el corazón del campo de Al-Israa, al oeste de la ciudad de Gaza —donde las tiendas de campaña se agolpan sobre la arena y las voces de los niños se mezclan con los sonidos de los bombardeos y los aviones—, los equipos de UJFP, en asociación con Unadikum, organizaron un taller de apoyo psicológico y empoderamiento emocional titulado «Voces resilientes».

El taller reunió a 25 mujeres desplazadas que cargan sobre sus hombros con las cargas de la guerra, el desplazamiento, el miedo y las responsabilidades diarias bajo condiciones de vida extremadamente difíciles.

Esta sesión fue diseñada como un espacio humanitario seguro para las mujeres, permitiéndoles expresar el dolor reprimido, afrontar los traumas psicológicos acumulados y recuperar parte del equilibrio interior erosionado por el desplazamiento y la guerra en curso.

En los campos dispersos por el oeste de Gaza, las mujeres no solo soportan la pérdida de sus hogares o la ausencia de privacidad; viven una realidad diaria de ansiedad, miedo y presión psicológica constante en medio de la inestabilidad, la escasez de recursos y la ausencia de las necesidades básicas para la vida.

Las mujeres desplazadas dentro de estos campos afrontan graves desafíos que comienzan con conseguir agua, alimentos y medicinas, y se extienden hasta la lucha constante por preservar el bienestar psicológico y emocional de sus hijos. La tienda de campaña estrecha que alberga a familias numerosas se convierte a menudo en un espacio asfixiante carente de tranquilidad y privacidad, mientras la presión psicológica se intensifica con el desplazamiento continuo, la pérdida de seres queridos y la completa ausencia de cualquier sensación de seguridad.

Dentro de esta realidad, el taller «Voces resilientes» llegó para reafirmar que la salud mental no es un lujo durante los tiempos de guerra, sino una necesidad fundamental para proteger a las personas del colapso interno. La sesión también tenía como objetivo ayudar a las mujeres a recuperar sus voces después de largos meses de silencio, miedo y agotamiento emocional.

La sesión comenzó con actividades introductorias y ejercicios iniciales de liberación emocional. Las mujeres se sentaron juntas formando un círculo grupal dentro de un espacio sencillo preparado por los equipos de campo en el interior del campamento. Las conversaciones comenzaron con preguntas abiertas sobre las emociones que las mujeres experimentan a diario y sobre cómo la guerra había afectado a sus relaciones consigo mismas, con sus hijos y con sus familias.

Al principio, el silencio pesaba sobre los rostros de las participantes. Muchas mujeres intentaban ocultar sus lágrimas o aparentar fortaleza. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, las voces comenzaron lentamente a emerger, transformando la sesión en un espacio honesto lleno de emociones que habían permanecido atrapadas dentro de las tiendas durante muchos largos meses.

Una de las participantes habló sobre su miedo constante a perder a sus hijos, explicando que ahora se despierta varias veces durante la noche para asegurarse de que siguen a salvo. Dijo que los sonidos de los bombardeos y los aviones la habían mantenido en un estado permanente de alerta, incluso durante los momentos de silencio.

Otra mujer habló sobre el agotamiento psicológico que ha soportado desde que perdió su hogar y experimentó desplazamientos repetidos. Explicó que siente como si hubiera perdido su capacidad de experimentar alegría, o incluso de llorar. Lo que más le duele, dijo, es verse obligada a ocultar su vulnerabilidad ante sus hijos para que ellos no se derrumben emocionalmente.

Durante la conversación, los psicólogos que supervisaban el taller hicieron hincapié en que reprimir las emociones durante períodos prolongados conduce a un grave agotamiento psicológico, y que expresar el dolor y llorar no son signos de debilidad, sino pasos saludables y esenciales hacia la recuperación.

Los equipos animaron a las mujeres a hablar abiertamente sobre sus miedos y tristezas, haciendo hincapié en la importancia de escucharse mutuamente y de abstenerse de juzgar las emociones de los demás. A medida que pasaba el tiempo, las mujeres comenzaron a darse cuenta de que, a pesar de las diferencias en sus historias personales, compartían un dolor común, y que compartir colectivamente aliviaba los sentimientos de soledad y aislamiento.

La sesión evolucionó hacia una profunda conversación sobre el impacto psicológico y social de la guerra en las mujeres. Algunas participantes hablaron de su sensación de haber perdido el control sobre sus vidas, mientras que otras hablaron de cómo la presión psicológica había afectado a sus relaciones familiares y a su capacidad para cuidar e interactuar con sus hijos.

Una mujer declaró durante la sesión:

Solía creer que tenía que aparentar ser fuerte todo el tiempo, pero hoy descubrí que la verdadera fortaleza consiste en reconocer mi agotamiento y pedir apoyo.

Otra participante añadió:

Desde nuestro desplazamiento al campo, me he sentido como una extraña incluso para mí misma. Esta es la primera vez en meses que siento que alguien realmente me escucha y me comprende.

El taller incluyó una serie de actividades de apoyo psicológico y recreativas destinadas a reducir el estrés y reavivar un sentido positivo de sí mismas entre las mujeres. Las actividades comenzaron con sencillos ejercicios de respiración y relajación, durante los cuales las participantes aprendieron técnicas para ayudar a gestionar episodios repentinos de ansiedad y tensión emocional.

También se realizó una actividad grupal titulada «Respiro por mí misma». Durante este ejercicio, las mujeres se sentaron formando un círculo cerrado y recibieron formación en técnicas de respiración profunda y prácticas sencillas de meditación destinadas a reducir el estrés psicológico y recuperar la calma interior.

La sesión también incluyó una actividad de dibujo expresivo, durante la cual se proporcionó a las mujeres papel y colores para expresar sus emociones y mensajes internos a través del arte. Algunos dibujos reflejaban miedo, pérdida y destrucción, mientras que otros representaban el sol, el mar, los niños y las escuelas, expresando claramente un apego duradero a la esperanza a pesar de la dureza de la realidad.

Los equipos también organizaron un segmento recreativo ligero que incluyó juegos grupales y conversaciones espontáneas destinadas a romper el aislamiento psicológico y reavivar un espíritu de comunicación y solidaridad entre las mujeres del campo.

Uno de los momentos más conmovedores del taller fue la actividad «Una carta para mí misma», durante la cual se pidió a cada participante que escribiera una frase de ánimo para sí misma, como si estuviera hablando con otra mujer que estuviera soportando las mismas circunstancias. Las páginas se llenaron de palabras de paciencia, fortaleza, esperanza y oración, transformando el momento en un espacio profundamente emocional de lágrimas y aliento mutuo.

Durante la sesión, las mujeres también debatieron el concepto del «Vínculo de la Esperanza», una idea centrada en construir una red de apoyo psicológico y social entre las mujeres del campo, garantizando que ninguna mujer quedara sola para enfrentarse al colapso psicológico o a las presiones de la vida cotidiana.

Algunas participantes propusieron organizar pequeños encuentros periódicos dentro del campo para hacer un seguimiento de las mujeres que sufren aislamiento o síntomas psicológicos graves, además de intercambiar apoyo emocional y asistencia cotidiana entre las familias.

Las mujeres afirmaron que hablar colectivamente sobre su dolor les ayudó a comprender que lo que estaban experimentando no era una debilidad individual, sino una respuesta natural a las extraordinarias y duras condiciones que todos estaban atravesando.

Las participantes también destacaron que las mujeres dentro del campo han llegado a asumir enormes responsabilidades que superan su capacidad: son madres, cuidadoras, educadoras, protectoras de los niños y pilares emocionales de sus familias, a pesar de su propio sufrimiento personal.

Varias mujeres hablaron sobre la importancia de este tipo de talleres para reconstruir la confianza en sí mismas, especialmente después de largos meses marcados por sentimientos de impotencia, miedo y colapso emocional.

Los equipos de campo de UJFP, en asociación con Unadikum, explicaron que estas intervenciones psicológicas tienen como objetivo crear un entorno más cohesionado y resiliente dentro de los campos, porque la estabilidad psicológica de las mujeres influye directamente en el bienestar de los niños, las familias y la comunidad en general.

Los equipos también hicieron hincapié en que el apoyo psicológico durante los tiempos de guerra no es menos importante que otras formas de ayuda humanitaria, porque una persona psicológicamente agotada se vuelve menos capaz de afrontar la vida, tomar decisiones y proteger a su familia.

Al concluir el taller, las mujeres permanecieron juntas formando un círculo y compartieron breves reflexiones sobre cómo se sentían después de la sesión. Algunas hablaron de una sensación de alivio después de llorar, mientras que otras destacaron que simplemente escuchar las historias de otras mujeres les había proporcionado una renovada sensación de fortaleza y pertenencia.

Una participante dijo:

Hoy sentí que no estoy sola en esta batalla y que mi dolor es comprendido y escuchado.

Otra añadió:

Esta sesión me devolvió algo que había perdido hacía mucho tiempo… me devolvió mi voz.

Estos talleres psicológicos se consideran una de las intervenciones humanitarias más importantes durante la guerra y después de ella, porque ayudan a las mujeres a recuperar el equilibrio psicológico y emocional y les proporcionan herramientas prácticas para afrontar los traumas y las presiones cotidianas.

Estas actividades también contribuyen a reducir los efectos psicológicos a largo plazo de la guerra y ayudan a construir redes de apoyo comunitario capaces de proteger a las mujeres y los niños del colapso psicológico y del aislamiento social.

Durante la fase posterior a la guerra, talleres como estos se convertirán en una piedra angular de los procesos de recuperación comunitaria, porque contribuyen a reconstruir al ser humano desde dentro, reparar las relaciones sociales, fortalecer la capacidad de adaptación y restaurar gradualmente la vida normal.

Las mujeres del campo de Al-Israa han demostrado que, a pesar del desplazamiento, el miedo y la pérdida, la mujer palestina no es simplemente una receptora del dolor, sino también una creadora de resiliencia y esperanza. Desde el interior de las tiendas estrechas, han logrado transformar el duelo en energía para sobrevivir y convertir sus voces cansadas en un nuevo espacio para la vida, reafirmando que los seres humanos siempre son capaces de levantarse de nuevo, incluso en medio de los escombros.

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