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Necesita una postura que salve del hambre a quienes la padecen

En Gaza, la crisis humanitaria ha dejado de ser una consecuencia secundaria de la guerra, se ha convertido en la realidad cotidiana que atormenta a la población a cada hora. La Franja, que en otro tiempo contaba con una economía local modesta pero dinámica, ha sufrido una destrucción generalizada que ha devastado su infraestructura productiva y sus medios de vida. Las fábricas han dejado de funcionar, los mercados se han derrumbado, las tierras agrícolas han sido dañadas y miles de trabajadoras y trabajadores han perdido su empleo de la noche a la mañana. Miles de padres y madres ya no pueden llevar el pan a sus hijos e hijas, no porque hayan dejado de trabajar, sino porque la propia guerra ha eliminado cualquier posibilidad de hacerlo.

Entre los escombros, las tiendas de campaña y los centros de desplazamiento, la ayuda humanitaria ha dejado de ser un apoyo temporal para convertirse en una condición indispensable para la supervivencia. Esta transformación no refleja la debilidad de la sociedad gazatí, sino la magnitud de la destrucción que se le ha impuesto y el alcance del fracaso de la comunidad internacional para protegerla. La población no eligió depender de la ayuda humanitaria. Fue la guerra la que obligó a la gente a perder, al mismo tiempo, sus hogares, sus medios de vida y su seguridad.

Los cimientos de la economía de Gaza han sido desmantelados hasta tal punto que conseguir una comida al día se ha convertido en una batalla en sí misma. Más cruel aún es que el hambre ya no es una posibilidad lejana, sino una realidad que llama a las puertas de las tiendas de campaña, las escuelas y los refugios. Familias enteras se despiertan sin saber si encontrarán suficiente comida para llegar al final del día. Niños y niñas esperan su turno frente a las ollas donde se preparan los alimentos, mientras las personas mayores dividen sus escasas raciones entre sus nietos. Las madres intentan convertir la escasez en una comida, la angustia en paciencia y el miedo en la fuerza necesaria para seguir adelante.

Mientras el mundo debate cifras, la población de Gaza experimenta las consecuencias reales de esas cifras en sus propios cuerpos y en sus propias vidas. Detrás de cada estadística hay una familia que ha perdido su hogar, un trabajador que ha perdido sus ingresos y un niño que no conoce otra cosa que el sonido de la guerra y las colas para conseguir alimentos.

Lo que está ocurriendo en Gaza no es una crisis temporal de ayuda humanitaria que pueda resolverse con unos pocos envíos estacionales. Se trata de un colapso generalizado provocado por una guerra prolongada contra una sociedad sometida al asedio, que posteriormente ha sido abandonada para afrontar sola las consecuencias de la destrucción. La destrucción de instalaciones e infraestructuras ha debilitado toda la capacidad local de producción y recuperación. Incluso los agricultores, que representan una de las últimas líneas de defensa de la seguridad alimentaria, se han visto obligados a trabajar en medio del peligro, la escasez y la devastación. Con las cadenas de suministro interrumpidas, los precios en aumento y la desaparición de los ingresos, la posibilidad de comprar alimentos ha quedado fuera del alcance de miles de familias.

Aquí reside la contradicción moral que Europa debe reconocer con claridad. La población de Gaza no está pidiendo privilegios. Está reclamando sus derechos más fundamentales: el derecho a la vida, a la alimentación y a la dignidad. La comunidad internacional no puede seguir hablando de valores humanitarios mientras contempla cómo toda una sociedad es empujada hacia la inanición. Guardar silencio ante el hambre no es una postura de neutralidad y retrasar la respuesta no es una mera cuestión técnica. Son decisiones con consecuencias humanas directas.

Cada día que transcurre sin una protección real para la población civil significa que más familias pierden su capacidad para resistir. Cada obstáculo que impide la llegada de alimentos supone que otro niño, otra niña, se acueste con hambre.

Por ello, las iniciativas alimentarias en Gaza han dejado de ser simples actividades benéficas. Se han convertido en intervenciones destinadas a proteger la vida frente a una realidad que priva a las personas de sus derechos más básicos.

En el centro de esta lucha humanitaria, los equipos de intervención de POD (Asociación para la Participación, Oportunidad y Desarrollo) nosotrxs, UNADIKUM y la UJFP (Unión Judía Francesa por la Paz), han mantenido su trabajo sobre el terreno desde el inicio de la ofensiva. Se decidió situar la alimentación en el centro de su respuesta porque el hambre no espera declaraciones ni conferencias. A través de los centros de disttibución de alimentos en Jan Yunis y Deir al-Balah, estos equipos trabajan de forma ininterrumpida para preparar comidas y distribuirlas entre la población desplazada. Estos centros no son puntos temporales de distribución, sino pilares cotidianos de resiliencia en zonas agotadas por el desplazamiento y el asedio.

En Jan Yunis, donde miles de familias agricultoras desplazadas sobreviven hacinadas en tiendas de campaña, las comidas llegan a personas que han perdido toda posibilidad de cocinar y cualquier fuente de ingresos. En Deir al-Balah, convertida en un refugio masificado para la población desplazada, los centros de alimentación continúan funcionando a pesar de la enorme presión y de la grave escasez de recursos. La continuidad de estas comidas significa que una familia desplazada no tiene que enfrentarse sola al hambre. Significa que una madre no tiene que elegir entre alimentar a uno de sus hijos o posponer la comida de otro. Significa que un hombre que ha perdido su empleo no se ve obligado cada día a contemplar cómo su familia espera algo que él ya no puede proporcionar. En este sentido, no nos limitamos a proporcionar alimentos; defendemos también los fundamentos mínimos de la dignidad humana.

En tiempos de guerra, una comida no es simplemente un plato de comida, sino un espacio temporal de seguridad en medio de un colapso generalizado. Es un mensaje claro de que la vida de la población civil sigue mereciendo protección, incluso cuando el mundo se repliega y elude sus responsabilidades.

Los centros de alimentación se sostienen gracias a una presencia diaria sobre el terreno y a un conocimiento directo de las necesidades de la población desplazada. Los equipos trabajan en condiciones extremadamente complejas, ya que el número de personas desplazadas, sus movimientos y sus necesidades cambian constantemente. A pesar de las dificultades de acceso, la escasez de suministros y la presión cada vez mayor, estos centros siguen preparando comidas de manera regular. Es precisamente esta continuidad la que otorga a la iniciativa su verdadero valor.

La ayuda que salva vidas no es aquella que aparece durante un momento de atención mediática para después desaparecer. La ayuda verdaderamente eficaz es la que permanece, actúa de forma constante y asume la responsabilidad de mantener su presencia cuando una crisis se prolonga en el tiempo. Por esta razón, nuestros centros de alimentación representan un modelo de respuesta que une la solidaridad con la continuidad.  No abordan el hambre como una cifra, sino como una amenaza cotidiana que exige una respuesta diaria. Proporcionar estas comidas no constituye únicamente una forma de asistencia a las personas, sino también una inversión en la resiliencia de toda una sociedad.

Las personas desplazadas en Jan Yunis y Deir al-Balah viven en unas condiciones en las que la necesidad de alimentos no puede aplazarse. Muchas de ellas han perdido sus hogares en más de una ocasión y se han visto obligadas a desplazarse de un lugar a otro bajo los bombardeos y el miedo. Cada nuevo desplazamiento supone la pérdida de más herramientas, recursos y capacidad para hacer frente a la vida cotidiana.

En estas circunstancias, los centros de distribución de alimentos pasan a formar parte de la infraestructura humanitaria que evita el colapso total. Cubren un vacío que nunca debería haber existido y que tendría que haberse evitado mediante una protección internacional efectiva y corredores seguros y sostenibles para la asistencia humanitaria. Sin embargo, la realidad demuestra que son las iniciativas de solidaridad, tanto locales como internacionales, las que están asumiendo la mayor parte de la carga sobre el terreno. Es aquí donde el discurso europeo debe ser claro, sin vacilaciones ni eufemismos diplomáticos.

Es imposible defender el derecho internacional mientras se trata la inanición de la población civil como un simple detalle político. Es imposible celebrar los derechos humanos en las capitales europeas mientras los niños y niñas de Gaza se ven privados de una alimentación regular.

Europa debe mirar más allá de las imágenes pasajeras y comprender que la prolongación de la guerra implica la destrucción continuada de las condiciones necesarias para vivir. También debe apoyar las iniciativas que trabajan cada día junto a la población desplazada, en lugar de limitarse a una financiación insuficiente o a respuestas esporádicas.

Los centros de distribución de alimentos necesitan recursos continuos porque responden a una necesidad permanente. Las personas desplazadas no pasan hambre únicamente en determinadas épocas del año, sino cada día que la economía permanece paralizada y los medios de vida siguen desaparecidos. Apoyar a organizaciones como las nuestras y a sus centros de alimentación en Jan Yunis y Deir al-Balah significa brindar apoyo directo a miles de civiles. Significa defender el derecho de las familias a recibir alimentos sin humillación y sin tener que esperar a una nueva catástrofe. También constituye una posición política y moral contra la utilización del hambre como instrumento de presión sobre toda una sociedad.

Lo que se necesita hoy no es solo compasión, sino transformar esa compasión en un compromiso claro y sostenible. Las palabras no llenan las ollas, las declaraciones no alimentan a los niños y las promesas no protegen a la población desplazada del hambre. Lo que realmente marca la diferencia es una financiación sostenida, un acceso seguro, la protección del personal humanitario y una rendición de cuentas efectiva por la destrucción de los medios de vida.

Los hechos han demostrado que un trabajo organizado puede marcar la diferencia incluso en las circunstancias más adversas. Pero ninguna organización, por sólido que sea su compromiso, puede afrontar por sí sola la magnitud de esta catástrofe. Por ello, la responsabilidad de los socios europeos no debe limitarse a las condenas o a las expresiones de preocupación. Debe comenzar por proteger el flujo de la ayuda humanitaria, apoyar los centros de alimentación y proporcionar los recursos necesarios para garantizar la continuidad de su funcionamiento.

Cada comida preparada en Jan Yunis o Deir al-Balah constituye una respuesta humanitaria frente a una política de destrucción y hambre. Cada centro de alimentación que permanece abierto es una prueba de la capacidad de la solidaridad para resistir el colapso. Cuando una persona pierde su hogar, su empleo y sus ahorros, una comida diaria se convierte en el último muro que la protege de caer en la desesperación.

Por esta razón, la labor continuada de organizaciones como las nuestras, de proporcionar comidas no es una actividad secundaria, sino una misión que salva vidas. Es un trabajo que sitúa a las personas en el centro de la respuesta, muy lejos de los fríos cálculos políticos. Recuerda al mundo que la población civil de Gaza no son cifras, sino seres humanos cuyos derechos no desaparecen bajo los bombardeos.

Las instituciones europeas se enfrentan a una auténtica prueba sobre la credibilidad de su discurso en favor de la justicia y la dignidad humana. Esa prueba no se mide por la calidad de las palabras, sino por decisiones que garanticen alimentos, protección y acceso humanitario.

El apoyo a los centros de distribución de alimentos de Jan Yunis y Deir al-Balah debe formar parte de un compromiso más amplio para poner fin a la catástrofe humanitaria. No tiene sentido hablar del futuro de Gaza mientras su presente siga abandonado al hambre y a la destrucción. La paz comienza cuando se protege la vida, se preserva la dignidad y las personas pueden alimentarse sin miedo.

Hasta que eso sea una realidad, seguiremos manteniendo sus centros de alimentación y proporcionando comidas a agricultores y personas desplazadas en Jan Yunis y Deir al-Balah. Seguirá haciéndolo porque la necesidad persiste y porque guardar silencio ante el hambre constituye una traición a la conciencia humana. Seguirá haciéndolo porque cada comida que llega a una familia desplazada es una declaración de que Gaza no está sola.

Apoyar este esfuerzo no es un acto temporal de caridad, sino una posición moral y política frente a la destrucción de las personas, de su economía y de su derecho a la vida.

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