En la zona de Al-Zawaida, en el centro de la Franja de Gaza, las responsabilidades de las mujeres no terminan en los límites de las tiendas de campaña que albergan a sus familias.
Los días de muchas de ellas comienzan intentando cubrir las necesidades de sus hijos y transcurren entre las tareas familiares y la falta de los elementos más básicos para vivir. Cuando llega la noche, persisten las preguntas sobre el mañana y no disminuyen los temores acumulados durante largos meses de guerra y desplazamiento.
En esta realidad, escuchar a las mujeres y ofrecerles una oportunidad para tomar un respiro resulta tan importante como hablar de sus necesidades cotidianas. La presión psicológica no siempre se manifiesta con palabras; puede expresarse mediante insomnio, tensión, dificultades para concentrarse o preocupación constante por los hijos. Muchas mujeres asumen la carga de mantener unida a su familia cuando ellas mismas carecen de una sensación de estabilidad. Esa carga aumenta cuando se espera que una madre se muestre firme ante sus hijas e hijos, mientras ella no dispone de un espacio para hablar de sus propios miedos y su agotamiento.
En el campamento de Abu Mazid, estas responsabilidades se vuelven más pesadas debido a las duras condiciones de alojamiento que impone el desplazamiento. Las familias que se trasladaron de Al-Maghazi a Al-Zawaida tras la intensificación de los disparos encontraron refugio junto a un vertedero. Los malos olores y la proliferación de insectos y roedores añaden nuevas dificultades a una vida que ya carece de condiciones suficientes para el descanso y el bienestar.
En este lugar, los equipos de Unadikum llevaron a cabo un taller de apoyo psicológico y social titulado «Gestión del estrés psicológico en situaciones de emergencia». En el taller participaron 21 mujeres, pertenecientes a un nuevo grupo que no había asistido a la sesión anterior en el campamento. El encuentro les ofreció un espacio seguro para interactuar y situó las presiones que viven en el centro del diálogo, en lugar de dejarlas encerradas en el silencio.
La sesión comenzó con las presentaciones entre el equipo y las participantes, con el objetivo de generar confianza y crear un ambiente que favoreciera la participación. Cada mujer se presentó y, poco a poco, las intervenciones breves dieron paso a una comunicación más espontánea entre las asistentes. El inicio no fue un mero trámite organizativo: las presentaciones permitieron que las mujeres sintieran que tenían un lugar y una voz dentro del grupo.
Sobre esta base, la facilitación pasó al tema de la sesión: ¿cómo surge el estrés psicológico y cómo se puede afrontar en situaciones de emergencia? Se ofreció una explicación sencilla del estrés como respuesta a amenazas y exigencias que superan la capacidad habitual de una persona para sobrellevarlas. El diálogo abordó manifestaciones conocidas de estas presiones, como el miedo constante, el agotamiento de la energía, los cambios de humor y las alteraciones del sueño.
Se subrayó que las emociones difíciles en circunstancias excepcionales merecen comprensión y atención, en lugar de ser ignoradas o motivo de reproche. También se señaló la importancia de reconocer los signos de agotamiento psicológico y buscar formas sencillas de reducir su intensidad en la medida de lo posible. Mantener el contacto con otras personas, organizar los aspectos de la vida diaria que sea posible organizar y pedir apoyo cuando se necesita son pasos que pueden ayudar a adaptarse a la situación.
Como las explicaciones por sí solas no bastan para generar una interacción dinámica, el taller combinó el diálogo con actividades que alentaban la participación. Uno de los primeros momentos destacados fue la actividad de «la adivinanza», que reunió imaginación, gestos e intentos de comprender los mensajes de las demás. El juego consistía en que una participante eligiera un regalo imaginario para ofrecérselo a una compañera, sin decir su nombre. Debía representar el regalo únicamente mediante movimientos y expresiones faciales, mientras la otra intentaba descubrir de qué se trataba.
Los primeros intentos fueron tímidos, pero las señales silenciosas pronto se convirtieron en motivo de sonrisas y sorpresas. Cada respuesta equivocada abría la puerta a un nuevo intento y ofrecía a las participantes otra razón para reír juntas. Más allá de la competición, el juego brindó una oportunidad para expresarse por medios distintos de las palabras. También animó a las participantes a prestarse atención y a superar la timidez que puede acompañar a los primeros encuentros.
Después de los movimientos de manos y los intentos de adivinar, la interacción adoptó una forma más tranquila mediante una actividad de coloreado. Se repartieron hojas con dibujos ya trazados y se pidió a las mujeres que eligieran los colores según sus preferencias. No había un único modelo que imitar ni una respuesta correcta que determinara si el dibujo era bonito o no.
La hoja se convirtió en un pequeño espacio para tomar una decisión personal, en una realidad en la que las opciones disponibles para las mujeres son limitadas. Cada participante eligió su manera de colorear y trabajó los detalles a su propio ritmo. La actividad permitió concentrarse en una tarea sencilla y concreta, apartándose durante un rato de las preocupaciones de la vida en el campamento.
También dio lugar a conversaciones informales y a un mayor acercamiento entre las participantes mientras compartían los colores y observaban los dibujos. Concentrarse en completar las figuras coloreadas supuso una breve pausa frente a las preguntas difíciles de las que resulta complicado alejarse a lo largo del día. La variedad de dibujos y colores reflejó la diversidad de gustos, sin necesidad de comparar los resultados ni establecer preferencias entre ellos.
A continuación, la sesión pasó a un espacio más sensible, dedicado a la expresión y el desahogo emocional y a escuchar aquello que pesaba sobre las mujeres. Se ofreció a las participantes la oportunidad de hablar de los problemas que afrontaban, según lo que cada una quisiera compartir. Allí, la realidad del desplazamiento volvió al primer plano, no como una noticia general, sino como una sucesión de detalles que afectan a cada día.
Los traslados reiterados entre lugares de acogida alteran la vida familiar y alejan la sensación de seguridad y estabilidad. La preocupación por los hijos e hijas ocupa un lugar central entre estas cargas, especialmente ante la reducción de las oportunidades educativas y la ausencia de un entorno adecuado para el aprendizaje cerca del campamento. A ello se suma la dificultad para conseguir artículos esenciales, desde colchones y mantas hasta lo que necesitan las familias para afrontar los cambios del tiempo.
Por su parte, las tiendas deterioradas no siempre ofrecen una protección suficiente frente al calor diurno y generan una preocupación creciente ante la proximidad del invierno. Las condiciones ambientales que rodean el campamento, incluida su cercanía a los residuos, aumentan el malestar y la inquietud por la salud de las familias. Además, la continuidad de las tareas domésticas y del cuidado de los más pequeños, en un contexto de escasez de recursos, deja a las mujeres poco tiempo para descansar.
El objetivo de este espacio no era encontrar soluciones inmediatas a todos los problemas, sino permitir que se plantearan sin miedo a ser juzgadas o interrumpidas. Una escucha atenta reconoce el derecho de las experiencias individuales a hacerse visibles y reduce la sensación de que cada mujer afronta sus cargas en soledad.
Sin embargo, la sesión no se limitó a relatar las dificultades; las actividades recreativas continuaron para devolver el movimiento al encuentro. Las propuestas fueron variadas para que las mujeres pudieran participar según sus capacidades y su comodidad, sin la presión de competir o ser evaluadas. La interacción dejó ver que este tipo de actividades se había vuelto poco frecuente en unos días en los que las exigencias de la supervivencia ocupan la mayor parte del tiempo.
Las participantes acogieron las actividades con una actitud abierta e intercambiaron risas y palabras de ánimo mientras las realizaban. En cada transición de una actividad a otra, el encuentro les ofrecía una experiencia distinta de la rutina diaria impuesta por la vida en el campamento. Un juego divertido no borra los recuerdos del desplazamiento, y colorear por sí solo no resuelve una ansiedad prolongada, pero ambas actividades abren una puerta a un descanso temporal.
Combinar la expresión de las emociones con actividades grupales ayuda a aliviar parte de la tensión y a ampliar las oportunidades de comunicación. También recuerda a las mujeres que atender sus necesidades psicológicas es un derecho en sí mismo, y no algo que deba aplazarse indefinidamente. Uno de los aspectos importantes de este tipo de sesiones es que no pide a las participantes que ignoren su sufrimiento para poder sonreír. Por el contrario, reconoce primero el peso de la realidad y después les ofrece herramientas sencillas y un espacio para interactuar en unas circunstancias con pocas alternativas.
La respuesta de las mujeres a las actividades mostró cuánto echaban de menos los encuentros que permiten disfrutar y relacionarse fuera del círculo de las responsabilidades cotidianas. Con frecuencia, a las mujeres de los campamentos se las contempla únicamente desde los papeles que desempeñan para sus familias, mientras que su necesidad de contar con alguien que las escuche y de descansar de la preocupación recibe menos atención en el panorama general.
Esto hace que la incorporación del apoyo psicológico y social a las respuestas humanitarias sea una necesidad y no una actividad secundaria. Vivir durante periodos prolongados en situaciones de emergencia deja consecuencias que van más allá de la necesidad de alimentos, agua y refugio. Cuando las mujeres se reúnen en un espacio que respeta su privacidad y permite una participación voluntaria, la propia comunicación se convierte en una fuente de apoyo.
Aun así, no se debe atribuir a estos talleres una capacidad que no tienen: no sustituyen la atención a las necesidades materiales urgentes. Reparar las tiendas, proporcionar mantas y colchones, mejorar el entorno y facilitar la educación de los niños y niñas siguen siendo demandas pendientes. La respuesta más eficaz es la que considera el bienestar psicológico de las familias y sus condiciones materiales como dos dimensiones relacionadas.
Desde esta perspectiva, cobra valor el taller realizado por los equipos de Unadikum en el campamento de Abu Mazid, con la participación de 21 mujeres residentes en él. El encuentro combinó la sensibilización sobre el estrés psicológico, las presentaciones, la expresión sin palabras, el coloreado y la oportunidad de hablar de los problemas. Esta diversidad ofreció a las mujeres distintas formas de participar, ya fuera mediante la palabra, el movimiento o la concentración tranquila en el dibujo.
En un campamento donde escasea la privacidad, el encuentro fue una oportunidad para reunirse en torno a una experiencia que no giraba únicamente alrededor de las necesidades urgentes. Las condiciones del desplazamiento no cambiaron al terminar el taller, pero la participación en las actividades permitió, durante un tiempo, un ritmo menos duro que el habitual.
Esta experiencia pone de manifiesto la importancia de repetir los encuentros de apoyo psicológico y social para llegar a más mujeres en los lugares de desplazamiento. Cada espacio seguro para expresarse puede reforzar la comunicación y ayudar a identificar necesidades que, de otro modo, podrían permanecer fuera de la vista. Y cada actividad sencilla, diseñada con cuidado, puede ofrecer un respiro en medio de días cargados de miedo e incertidumbre.
En Al-Zawaida, la necesidad de las mujeres de recibir un apoyo continuo sigue vinculada a su necesidad de una vida más segura y digna. Por ello, acompañarlas psicológicamente, al tiempo que se mejoran sus condiciones de vida, constituye un paso esencial en cualquier respuesta que atienda a la persona en su totalidad.






