Cartas desde Gaza
Ya no sé qué escribir, porque las palabras que antes me abrían una ventana se han convertido en otro muro más. Todo aquí se repite; incluso la tristeza parece conocer el camino mejor que nosotrxs. Los mismos rostros pasan ante mí, cargados de polvo y de preguntas aplazadas. Las mismas calles se tragan nuestros pasos y luego nos los devuelven agotados y rotos.
Me despierto cada mañana sin saber si este es un día nuevo o una copia desvaída del ayer. Intento encontrar alguna noticia que tranquilice al corazón, solo para descubrir que el propio corazón se ha convertido en una noticia dolorosa. En Gaza, lo desconocido no viene de lejos; se sienta junto a la puerta y espera.
No tememos solo al futuro; tememos que se parezca demasiado al pasado.
Las casas nos observan en silencio, como si conocieran los nombres de quienes ya no están en ellas. Y las ventanas que antes recibían la luz ahora conservan los ecos de las despedidas. Incluso el mar, el lugar al que antes escapábamos, parece incapaz de cargar con tanto cansancio. Me quedo frente a él y siento que las olas repiten nuestra queja para luego regresar vacías de respuestas.
Nada cambia, salvo la cantidad de cosas que perdemos sin tener la oportunidad de despedirnos. Y cuando intentamos hablar, las palabras salen pesadas, como si hubieran atravesado una ciudad entera bajo los escombros.
Digo que estoy bien, pero escucho mi propia voz y me doy cuenta de que ni ella me cree. Una depresión silenciosa habita en mi alma. No grita, pero va apagando las cosas una tras otra. Apaga las ganas de hablar, las ganas de esperar e incluso las ganas de sentir rabia. El silencio se ha vuelto más reconfortante, pero es un consuelo que se parece a una lenta rendición.
Observo a la gente continuar con sus pequeñas tareas cotidianas y me pregunto de dónde sacan tanta fuerza. ¿Cómo compran pan, reparan puertas y bromean con sus hijas e hijos mientras el mundo tiembla sobre sus cabezas?
Quizá no vivimos porque la vida sea fácil, sino porque nunca aprendimos a detenernos. Cargamos nuestros días como un obrero carga un saco pesado: un paso tras otro, sin preguntar. Escondemos nuestro miedo en los detalles más comunes: una taza de té, una breve oración o una risa fugaz. Nos aferramos a las cosas pequeñas porque las grandes nos han fallado una y otra vez.
Ya no buscamos milagros; solo buscamos una noche que pase sin noticias que aterroricen a la casa. Queremos una mañana que no empiece contando y que no termine con la pregunta: «¿Quién sigue aquí?». Queremos discutir sobre asuntos normales, no sobre la pérdida, la supervivencia y la despedida. Queremos llegar a aburrirnos de una vida normal en lugar de añorarla como si fuera una patria lejana.
Pero Gaza avanza hacia lo desconocido, y nosotrxs avanzamos con ella porque somos parte de su cuerpo exhausto. Nadie sabe dónde termina este camino ni cuántos corazones llegarán hasta el final.
A veces siento que la ciudad camina con los ojos cerrados para no ver lo que la espera. Y otras veces siento que lo ve todo y, aun así, sigue caminando porque no tiene otra opción.
Dentro de cada uno de nosotrxs hay un mapa desgarrado de los lugares que alguna vez significaron algo. Una escuela, una casa, una tienda, un árbol, un callejón o un pequeño banco junto a la puerta. Pasamos cerca de esos recuerdos y sentimos que el lugar está presente y ausente al mismo tiempo. Como si Gaza no estuviera siendo destruida solo en la piedra, sino también dentro de nosotras y nosotros.
Y, sin embargo, hay algo obstinado que se niega a apagarse por completo. Algo parecido a una pequeña vela en una habitación inmensa, débil, pero capaz de revelar la oscuridad. Quizá sea esperanza, quizá obstinación, o quizá amor por esta tierra a pesar de todo lo que nos ha hecho atravesar. No sé cómo se llama, pero lo siento cuando veo a un niño reír con un juguete sencillo. Lo siento cuando una madre amasa pan como si el mañana estuviera garantizado, aunque solo sea por unas horas. Lo siento cuando un joven abre su tienda, aunque haya menos clientes y más miedo. Estos pequeños gestos no crean una gran victoria, pero impiden que la derrota sea completa.
Estamos cansados, sí, y rotos en lugares que nadie puede ver. Pero seguimos ordenando los restos de nuestro día y dándoles una forma que se parezca a la vida.
Quizá escribir no cambie el camino, pero evita que me pierda por completo en él. Escribo porque el silencio se ha vuelto más pesado de lo que puedo soportar y porque mi corazón necesita una ventana, aunque sea de papel. Escribo para decir que estamos aquí y que nuestros rostros no son cifras pasajeras en un largo informativo. Escribo sobre Gaza porque avanza hacia lo desconocido y porque temo que el mundo olvide el camino que conduce hasta ella. Y escribo sobre mí, con la esperanza de que las palabras me sostengan la mano durante un instante antes de que esta tristeza termine por devorarme.
