la educación en Gaza como una batalla para proteger el futuro
La guerra que arrasó la Franja de Gaza no fue simplemente una confrontación militar que dejó su huella en edificios, carreteras y redes de servicios públicos. Fue una guerra dirigida contra los propios cimientos de la vida palestina y, sobre todo, contra las personas. Mientras el mundo centraba su atención en contabilizar las víctimas y evaluar la magnitud de la destrucción, otra batalla se libraba silenciosamente en los campamentos y refugios para personas desplazadas: una batalla destinada a proteger a toda una generación de quedar perdida y a impedir que la guerra arrebatara a los niños su derecho a la educación y la oportunidad de construir su futuro.
Desde los primeros días del conflicto, los palestinos y palestinas comprendieron que perder la educación era un riesgo tan grave como perder sus hogares o sus medios de vida. Una sociedad puede reconstruir su infraestructura física en pocos años, pero puede tardar décadas en recuperarse de la pérdida de una generación privada del conocimiento y de sus oportunidades educativas. Por ello, mantener la continuidad de la educación nunca se consideró una simple actividad escolar; se convirtió en una necesidad nacional y humanitaria, así como en una de las formas más poderosas de resistencia frente a la dura realidad impuesta por la guerra.
En toda la Franja de Gaza, la imagen misma de la escuela cambió de manera radical. Las aulas que antes rebosaban de vida quedaron reducidas a escombros en muchas zonas. Escuelas que acogían diariamente a estudiantes se transformaron en refugios para miles de familias desplazadas, mientras las niñas y niños se encontraban dispersos entre tiendas de campaña, buscando primero seguridad antes de poder pensar siquiera en encontrar sus cuadernos y libros de texto. Sin embargo, pese a esta realidad, la determinación colectiva de preservar la educación permaneció intacta. Prevaleció la convicción compartida de que el aprendizaje debía continuar, sin importar las circunstancias.
De esta crisis surgieron iniciativas educativas que asumieron la responsabilidad de mantener vivo el proceso de enseñanza. En lugar de esperar al final de la guerra para intentar recuperar la normalidad, estas iniciativas optaron por crear una nueva realidad educativa dentro de los campamentos, convirtiendo la educación en una parte esencial de la vida cotidiana y no en un lujo que pudiera posponerse.
En este contexto, la UJFP (Unión Judía Francesa por la Paz, POD (Asociación para la Participación, Oportunidad y Desarrollo) y nosotrxs, UNADIKUM, hemos asumido un papel fundamental en el apoyo a la educación dentro de las zonas de desplazamiento mediante el establecimiento de una red de centros educativos distribuidos en varios campamentos. Estos centros ofrecieron a las niñas y niños la oportunidad de volver a aprender, aunque sus aulas fueran tiendas de campaña o sencillos espacios abiertos. La organización trabajó con la firme convicción de que proteger la educación significa proteger a la sociedad misma, y de que invertir en las niñas y niños durante la guerra es invertir en el futuro de Gaza una vez finalizado el conflicto.
La finalidad de estos centros iba mucho más allá de impartir clases académicas. Fueron concebidos como espacios integrales capaces de proporcionar a los niños una sensación de estabilidad en medio del caos y ayudarles a recuperar parte de la vida cotidiana que habían perdido desde el estallido del conflicto. Por esta razón, la enseñanza se integró estrechamente con el apoyo psicosocial, las actividades recreativas y los programas comunitarios que reconocían el profundo trauma vivido por los menores y contribuían gradualmente a su recuperación.
En muchos campamentos, la tienda dejó de ser únicamente un refugio temporal para convertirse en una auténtica aula, donde cada mañana las y los estudiantes se reunían con sus sencillos cuadernos frente a sus maestras y maestros, en una escena que simbolizaba la determinación y el compromiso inquebrantable con la vida. A pesar de la escasez de recursos, esta experiencia demostró que la calidad de la educación no se mide por la elegancia de los edificios escolares, sino por la dedicación del personal docente, el entusiasmo de los estudiantes y la convicción de la comunidad en el poder transformador del conocimiento.
Un ejemplo del éxito de este enfoque es el centro educativo del Campamento Al-Fajr, que ha proporcionado un entorno de aprendizaje seguro a cientos de niños, especialmente a aquellos pertenecientes a familias agricultoras que perdieron tanto sus tierras como sus medios de subsistencia a causa de la guerra. En este centro, los niños reciben clases de matemáticas y lengua árabe, pero también encuentran adultos que los escuchan, les ofrecen un espacio para expresar sus miedos y les ayudan a recuperar parte de la confianza quebrantada por las experiencias de los bombardeos y el desplazamiento.
El personal educativo comprende que los niños y niñas que han vivido una guerra no pueden ser tratados como si vivieran en circunstancias normales. En consecuencia, las clases combinan la enseñanza con actividades artísticas, juegos, dibujo y dinámicas grupales que funcionan no solo como herramientas pedagógicas, sino también como intervenciones terapéuticas. Este enfoque integral ha contribuido significativamente a mejorar el bienestar psicológico de estos y a incrementar su participación en el proceso educativo.
Otro ejemplo destacado es la escuela First Step, situada en el oeste de Nuseirat, que se ha convertido rápidamente en una de las iniciativas educativas más importantes de la Franja de Gaza. Lo que comenzó como un proyecto modesto destinado a un número reducido de estudiantes evolucionó hasta convertirse en una institución educativa completa que abarca todos los niveles escolares y atiende a cientos de alumnos que han logrado continuar sus estudios a pesar de los desafíos impuestos por el desplazamiento y la guerra.
El éxito de esta escuela se basa en una visión clara: la educación no debe detenerse bajo ninguna circunstancia y cada día de clase representa un paso más para evitar que lxs niñxs abandonen la escuela. Para hacer realidad esta visión, el centro desarrolló una sólida estructura administrativa y pedagógica, además de reunir un equipo docente cualificado dedicado al seguimiento diario del progreso de los estudiantes y a la recuperación de las pérdidas de aprendizaje acumuladas durante meses de conflicto.
Consciente del profundo impacto psicológico de la guerra sobre la infancia, la escuela no limitó sus esfuerzos al ámbito académico. Estableció un sistema especializado de apoyo psicosocial con profesionales capacitadxs que realizan un seguimiento continuo de lxs estudiantes y organizan sesiones de orientación individuales y grupales para ayudarles a procesar los traumas sufridos. Asimismo, las familias participan regularmente, fortaleciendo la cooperación entre la escuela y los padres/madres en favor del bienestar emocional y conductual de los niños.
Esta experiencia ha demostrado que la educación en Gaza ya no se limita a los libros de texto y los programas de estudio. Se ha convertido en un proceso integral orientado a reconstruir a las personas desde su interior antes incluso de reconstruir las propias escuelas. Un niño, una nijña que recupera la sensación de seguridad y la confianza en sí misma está mucho más preparada para aprender, relacionarse con los demás y participar activamente en la sociedad.
Resulta especialmente significativo que el final del curso escolar no marcara el fin de las actividades educativas, sino el inicio de una nueva etapa destinada a aprovechar de forma productiva las vacaciones de verano. Escuelas y centros educativos pusieron en marcha programas estivales que combinaban aprendizaje, actividades recreativas y apoyo psicosocial, garantizando que lxs estudiantes mantuvieran su vínculo con la educación y evitando que la guerra ampliara aún más las brechas educativas.
Estos programas reflejan una comprensión profunda de la realidad que vive Gaza en la actualidad. La educación se ha convertido en una tarea permanente que ya no depende exclusivamente del calendario académico tradicional, sino de una situación de emergencia continua que exige un compromiso durante todo el año para proteger el futuro de miles de niñxs que han permanecido largos períodos sin acceso a la educación.
A pesar de los enormes desafíos, estas iniciativas han logrado reducir el abandono escolar y reincorporar a cientos de niñxs a entornos educativos donde reciben enseñanza, cuidados y apoyo emocional. También han fortalecido la confianza de la comunidad en la importancia de mantener la educación incluso en las circunstancias más difíciles, demostrando una vez más que la determinación puede superar la escasez de recursos.
Los logros alcanzados por estas escuelas y centros educativos no son fruto de la abundancia de recursos, sino de una profunda convicción en la misión de la educación y del compromiso inquebrantable de docentes, directivos, voluntarios y organizaciones colaboradoras, todos unidos por un mismo propósito: situar el futuro de lxs niñxs por encima de cualquier otra consideración.
Hoy, mientras la guerra sigue imponiendo sus desafíos, estos centros continúan fieles a su misión porque comprenden que la verdadera batalla no consiste únicamente en sobrevivir, sino también en preservar al pueblo palestino y dotarlo de las herramientas necesarias para afrontar el futuro. Un niño, una niña que abre un libro dentro de una tienda de campaña envía un poderoso mensaje: la vida es más fuerte que la destrucción y el conocimiento tiene la capacidad de vencer al miedo.
El modelo educativo impulsado por los equipos de la UJFP, POD y UNADIKUM, se ha convertido en un ejemplo práctico de que la acción humanitaria va mucho más allá de proporcionar ayuda de emergencia. También implica proteger los derechos fundamentales, entre ellos, de manera prioritaria, el derecho a la educación. Gracias a estos esfuerzos, no solo se han construido aulas provisionales; también se han tendido puentes de esperanza que han mantenido vivo el vínculo de los niños con su futuro y han reforzado la convicción de que las escuelas seguirán siendo siempre símbolos de vida, incluso cuando estén rodeadas por la guerra.
En última instancia, la educación en Gaza representa mucho más que un proceso de enseñanza: constituye un acto de resistencia silenciosa y una poderosa afirmación de que las sociedades comprometidas con el conocimiento son capaces de superar incluso las adversidades más duras. Lo que maestras y maestros logran cada día junto a las y los estudiantes dentro de tiendas de campaña y centros de desplazamiento es un testimonio vivo de que el futuro comienza con un libro abierto, una lección impartida y la sonrisa de un niño y una, a pesar de las ruinas que lo rodean.









